Ya no me acordaba yo de lo dificil que es trabajar con alumnos de primero de primaria. Dificil porque son muy pequeños aún (algunos tiene todavía 5 años) y porque hay que cambiarles totalmente los hábitos de trabajo adquiridos en su etapa de infantil.
Hay que acostumbrarles a estár más tiempo sentados.
Quitarles la costumbre de ir al baño cada media hora.
Hacerles ver que no hace falta sacar punta continuamente a las ceras y a los lápices de colores y de escribir.
Acostumbrarles a que cada hora tienen que trabajar en un área diferente y de que hay que terminar las tareas en ese tiempo.
A que no deben hacer más deberes de los que se les mandan.
A que deben saber colocar su material en su mesa, no perderlo, tenerlo ordenado y dejarlo guardado cuando se van a casa.
A que deben atender y escuchar en silencio.
A que se trabaja también en silencio y sin molestar a los demás.
A que la maestra no puede atenderles a todos a la vez.
¡Y además hay que enseñarles! Y todo esto en 5 horas cada día.
Así cuando termino mi jornada de trabajo estoy agotada y estresada.
Pero también es verdad que cuando entro en clase con mis alumnos, ya no existe nada más en el mundo para mi. El tiempo se detiene, los problemas se aparcan por unas horas, los dolores desaparecen. Ya solo existen ellos para mí y me absorben de tal manera que se pasan las horas sin darme apenas cuenta. A veces incluso me ha pasado que ha llegado la hora del recreo y no me he dado cuenta de ello hasta que he oído salir a las otras aulas. Tal es mi ensimismamiento.
Ahora que llevamos un mes casi juntos, nos vamos adaptando poco a poco yo a ellos y ellos a mi. Y puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que tenemos una buena conexión y lograremos muchas cosas. Tengo confianza plena en ellos y en sus capacidades y cada uno con su peculiaridad es una personita en formación que tiene un futuro prometedor por vivir al que yo voy a colaborar con mi granito de arena.
Estoy convencida de que superaremos las dificultades y cada día trabajaremos y aprenderemos mejor.
Hay que acostumbrarles a estár más tiempo sentados.
Quitarles la costumbre de ir al baño cada media hora.
Hacerles ver que no hace falta sacar punta continuamente a las ceras y a los lápices de colores y de escribir.
Acostumbrarles a que cada hora tienen que trabajar en un área diferente y de que hay que terminar las tareas en ese tiempo.
A que no deben hacer más deberes de los que se les mandan.
A que deben saber colocar su material en su mesa, no perderlo, tenerlo ordenado y dejarlo guardado cuando se van a casa.
A que deben atender y escuchar en silencio.
A que se trabaja también en silencio y sin molestar a los demás.
A que la maestra no puede atenderles a todos a la vez.
¡Y además hay que enseñarles! Y todo esto en 5 horas cada día.
Así cuando termino mi jornada de trabajo estoy agotada y estresada.
Pero también es verdad que cuando entro en clase con mis alumnos, ya no existe nada más en el mundo para mi. El tiempo se detiene, los problemas se aparcan por unas horas, los dolores desaparecen. Ya solo existen ellos para mí y me absorben de tal manera que se pasan las horas sin darme apenas cuenta. A veces incluso me ha pasado que ha llegado la hora del recreo y no me he dado cuenta de ello hasta que he oído salir a las otras aulas. Tal es mi ensimismamiento.
Ahora que llevamos un mes casi juntos, nos vamos adaptando poco a poco yo a ellos y ellos a mi. Y puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que tenemos una buena conexión y lograremos muchas cosas. Tengo confianza plena en ellos y en sus capacidades y cada uno con su peculiaridad es una personita en formación que tiene un futuro prometedor por vivir al que yo voy a colaborar con mi granito de arena.
Estoy convencida de que superaremos las dificultades y cada día trabajaremos y aprenderemos mejor.
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